Libro: The Magic Toyshop
Autora: Angela Carter (autora también de “La Cámara Sangrienta”)
A continuación voy a soltar un tostón. Aviso. Leedlo bajo vuestra propia responsabilidad.

Melanie vive feliz en su mansión de campo junto a sus padres, su hermano, Jonathon, su hermana de cinco años, Victoria, y la Sra. Rundle, la nodriza. No le falta de nada y vive, como quien dice, entre algodones. La historia empieza en el verano que Melanie cumple quince años y “descubre que estaba hecha de carne y sangre”. Con sus padres de viaje en América, aburrida y ociosa, una noche acude al dormitorio de sus padres y se prueba el traje de novia de su madre. Juguetea con él en el jardín, como cualquier jovencita soñadora y con historias románticas en la cabeza haría, hasta que la puerta de la casa se cierra dejándola sola a la intemperie. Así que ha de trepar hasta su habitación por el árbol del jardín, manchando y destrozando el traje. A la mañana siguiente, recibe la noticia de la muerte de sus padres en un accidente. Los tres hermanos marchan a Londres, donde vivirán con el hermano de su madre, el tío Philip, al que no conocen. Tío Philip es el dueño de una juguetería en los suburbios de la ciudad, en la que él mismo crea artesanalmente juguetes de todo tipo. Pero a él no le gustan los niños, es huraño, desagradable, siniestro, misógino, y está obsesionado con su trabajo y en los teatros de marionetas, donde exhibe sus muñecos para propio deleite y no de los demás. En la casa viven además tía Margaret, la mujer de tío Philip, muda desde el día en que se casó, y sus hermanos, Francis y Finn. Los tres son irlandeses y Melanie intuye que tía Margaret se casó para darles a sus hermanos pequeños un hogar y una vida mejor. Sin embargo, el trato que reciben de tío Philip no muy grato, sobretodo en lo que se refiere a Finn, a quien da fuertes palizas cuando éste le provoca, que suele ser a menudo y a conciencia. Los tres hermanos sueñan en el día en que se librarán del tío, pero mientras tanto aprovechan sus ausencias para divertirse a su manera: Francis toca el violín; Margaret, la flauta, y Finn baila. La primera noche que Melanie pasa en la casa, los espía por el ojo de la cerradura y queda asombrada.
La vida en su nuevo hogar no podría ser más distinto al que Melanie estaba acostumbrada. Privada de agua caliente, y otros “lujos” ve con tristeza como su futuro parece cada vez más incierto y sus sueños se van desmoronando. Ella ayuda a tía Margaret en la tienda, su hermano ayuda a tío Philip en el taller del sótano, y la pequeña Victoria se habitúa rápidamente a los cambios. Sin desearlo, Melanie y Finn van acercándose, a pesar de que él no es la clase de hombre con el que habría soñado. Sucio, destartalado, con una ligera bizquera, y una sonrisa burlona, él le enseña lugares donde huir de las preocupaciones del mundo y aprende que el amor no es como lo pintan en las revistas de moda.
Pero un día tío Philip anuncia que Melanie habrá de actuar junto con sus marionetas en el teatro del sótano, una experiencia horrible pues allí revive la joven sus temores. ¿Podrán algún día huir de tío Philip y de su despótico feudo?
Como es normal es las novelas de Angela Carter, se utiliza la historia para relatar parejo a ella el tránsito de una joven de la infancia a la edad adulta, haciendo uso de elementos de cuentos infantiles, en atmósferas asfixiantes. Aquí consigue un relato interesante, con sus puntos flacos claro está, pero sobretodo crea unos personajes entrañables, como son los tres hermanos irlandeses, y en especial, el joven Finn. El punto flaco radica en que los elementos oscuros y que tendrían que dar terror (a los personajes al menos) no son tan terribles, y es aquí donde los teatrillos de marionetas de tío Philip se quedan algo patéticos, al igual que el tío Philip, que no llega a resultar tan terrorífico como desearíamos para explicar el miedo que todos le tienen.
La historia no parece algo novedoso: niños huérfanos, tíos tiránicos… pero hay algo que le da a ésta un aire diferente; tal vez sea el hecho de que no está ambientada en otra época, sino en el Londres actual, al menos actual al año en que se publicó (1967), y que a pesar de su aureola de cuento infantil, está escrito en un lenguaje muy adulto y sin tapujos. He leído por ahí que toca temas muy freudianos y tal. Bueno, no entiendo mucho de psicología, pero el caso es que el libro me encantó, puedes imaginar perfectamente el interior de la casa de tío Philip, cada habitación, todo, te sumerge de lleno en la historia y te deja con ganas de más.
Gracias a internet me he enterado que hay una película basada en el libro, con guión de la propia autora, pero al ser una peli ochentera y bastante desconocida no está editada (la carátula es horrible, ver a la derecha). Me encantaría verla algún día, aunque me daría terror ver a unos personajes tan bien descritos en el libro estropeados por una mala elección de casting. Bueno, a ver si la cuelga en el emule algún alma caritativa británica.

Habían venido a Londres y comido pastel de conejo y la jornada había terminado indebidamente con música y baile. Finn bailaba con su ropa manchada y Francie tocaba el violín como el mismísimo diablo y la tía muda tocaba la flauta envuelta en su capa de pelo llameante. ¿O lo había soñado? Y en ese caso, ¿por qué? Y si no lo había soñado, ¿cómo habría vuelto a su cama? ¿La habría traído Finn? Se imaginó apretada contra el pecho flaco de Finn, vestida con un triste pijama de franela, informe como un cojín con una peluca oscura. Finn parecía un sátiro. Tal vez tenía las piernas peludas bajo los gastados pantalones, ásperas patas de cabra con bonitas pezuñas hendidas. Sólo que era demasiado sucio; probablemente los sátiros se bañaban a menudo en los torrentes de las montañas.

Tío Philip nunca hablaba con su mujer, excepto para ladrarle alguna orden. Le había regalado un collar que la sofocaba. Golpeaba a su hermano menor. Helaba el aire que respiraba. Su mirada inexpresiva y su presencia abrumadora a la cabecera de la mesa quitaban el sabor a los excelentes platos que ella cocinaba. Suprimía la idea de la risa. Melanie tomó partido la noche en que creyó que había visto una mano: empezó a odiar a Tío Philip.

Por cierto, Demon, no te lo vas a creer, ya he terminado “Eragon”. Puedes cantar el Aleluya si quieres jeje.