El lunes regresé de visitar a mi hermano en Munich. He pasado sólo cuatro días enteros allí (seis contando la ida y la vuelta), pero me ha dado tiempo de ver algunas cosillas interesantes, y lo mejor ha sido pasar tiempo con mi hermano, que justo estaba de vacaciones y podía acompañarme a los sitios. Pues voy a hacer un pequeño resumencillo de mi estancia allí. No soy muy dada a colgar fotos personales, pero tampoco se me reconoce en éstas, así que…:
El día de mi llegada, es decir, el miércoles, no hicimos gran cosa: nos paseamos por el centro de la ciudad, por la Marienplazt, donde se encuentra el viejo y nuevo ayuntamiento de la ciudad (pero ambos son muy antiguos), y el Palacio de Justicia. Entramos también en la cervecería más antigua del mundo, que estaba llena de gente… bebiendo cerveza. Fuimos a cenar comida típica de allí, algo que parecía pollo a l’as pero que no lo era, sino cerdo frito, o algo así, y como no, acompañado de cerveza, de una Paulaner para ser más exactos, que justamente es originaria de Munich, eh Demon jeje.
El jueves fuimos por la mañana a la Munich Residenz, un palacio situado en el centro de la ciudad, de fachada renacentista que alberga en su interior diferentes estilos (Barroco, Rococo y Neoclásico). Hasta junio hay en ella una exposición sobre la corona Bávara, con un montón de objetos de la realeza para ver lo ricos que eran los reyes (y vaya si lo eran). El palacio era casi un laberinto de estancias, unas dedicadas simplemente a la exposición de obras de arte y otras conservaban su estado “original” con las camas, tronos, etc. Lo que más me sorprendió casi al finalizar la visita fue una sala medio oculta con fotografías del antes y el después de la Segunda Guerra Mundial, pues el palacio quedó casi en ruinas, y parecía mentira porque yo acababa de recorrer salas que eran las que en las imágenes solo quedaban escombros.
Por la tarde tocó un paseito por el Olympic Park, es decir, el Parque Olímpico, donde se celebraron las olimpiadas del 72. Lo más divertido de la visita fue subir a la Torre Olímpica porque hacía un viento que casi me tira por el balcón. Desde allí la vista era impresionante, y se podía ver mejor el diseño de tela de araña de todo el complejo.
El resultado del día fue agotamiento total
Al día siguiente por la mañana acompañé a mi hermano al consulado español a arreglar unas cosillas y luego recogimos el coche del taller para dirigirnos al campo de concentración de Dachau. Fue el primer campo de concentración que se construyó durante el Tercer Reich, en 1933, y albergó más de 300000 personas de más de 30 países. Unas 30000 personas fueron asesinadas en él, sin contar las cientos de personas que murieron debido a las adversas condiciones.
Nada más entrar en el recinto, te encuentras con una cínica inscripción en la puerta que dice “Arbeit Macht Frei” (el trabajo os hará libres). Dentro del campo reina un gran silencio, a pesar de las muchas personas que lo visitan, la gente muestra mucho respeto por lo que representa el campo. Lo que más me impresionó del mismo fueron los hornos, edificios maléficamente diseñados para que los presos, ignorando su destino, acudieran allí a ducharse en las salas de gas. Una parte del campo es un museo que trata de la evolución del Nazismo y del papel que jugaron los campos de concentración durante esa época. Se pueden leer testimonio de presos supervivientes que cuentan como era la vida allí. Algunos testimonios son espeluznantes.
El sábado nos fuimos en coche a Salzburgo (Ciudad de la Sal), lugar de nacimiento de Mozart, pero al único sitio al que pudimos entrar debido a la hora fue a la Festung Hohensalzburg, es decir, la Fortaleza de la ciudad, que es un impresionante castillo situado en lo alto de una montaña, que empezó a construirse en el siglo XI y ha sobrevivido hasta nuestros días con las reformas de turno de cada época según las necesidades defensivas de la ciudad. Se puede visitar su interior, donde hay un museo militar, otro de tortura, de marionetas. Desde allí arriba se puede ver una vista preciosa de la ciudad. Allí estuvimos unas tres horas, así que al bajar ya era algo tarde y como lo cerraban todo tan pronto no pudimos visitar mucho más, ni la casa de Mozart, que me hacía ilusión, pero en fin, al menos la vi por fuera y no es nada del otro mundo jeje.
El domingo nos pasamos casi todo el día en el Deutsches Museum de Munich, en el que disfrutó más mi hermano con todos los chismes y aparatitos que allí había. El museo alberga una extensísima colección de objetos que muestran la evolución de las ciencias naturales y la tecnología desde sus orígenes hasta la actualidad en 55 exposiciones distribuidas sobre una superficie de 47000m2. (sacado del folleto jeje).
En definitiva, que ha sido un viaje agotador pero muy educativo e interesante, cuatro días cortos pero intensos, a pesar del tiempo regulero que nos ha hecho. Para volver, porque se me han quedado un millón de cosas por ver.