Hoy estoy poniéndome al día con internet, foros incluidos, y aunque he visto últimamente más películas de las que suelo ver (en realidad, unas dos o tres), no hay ninguna que me llame la atención para comentarla, y como me apetece actualizar el blog, aunque lo lea poca gente [¡hola Paco! A ver si actualizas el tuyo;] pues el primer tema que me ha pasado por la mente ha sido el de los Pre-rafaelistas, pero simplemente porque a esa corriente pertenece mi cuadro favorito. Si fuera más rica que J.K. Rowling, pagaría para que lo robaran para colgarlo en el salón de estar de mi castillo. El cuadro en cuestión es la “Ofelia” de Millais, y los Pre-rafaelistas fue un grupo de pintores del XIX que quisieron recuperar el estilo anterior a Rafael (como su nombre indica). No soy experta en arte, pero según parece, el movimiento empezó con obras religiosas y más tarde, plasmaron en sus cuadros escenas de obras del Quatrocento, Shakespeare y alto-medievales como las leyendas artúricas, con sus damas misteriosas y caballeros en brillantes armaduras. Son estos últimos los que más me llaman la atención. Una de mis carpetas favoritas que usé en mis años de universidad (ayyyy) era la mal llamada del yin y el yan, que representaba en cada cara mis dos pasiones: el cine y el arte pictórico centrado en los prerrafaelistas.. Me gustaba mucho decorar mis carpetas; tengo una que es casi una obra de arte con recortes de películas, aunque luego me daba vergüenza que me la vieran…
El caso es que el cuadro de Ofelia me fascina, y no por el personaje en sí, sino en como se plasma la escena, tan bien encuadrada, en una pose tan triste, solitaria, pero a la vez sensual. Aunque no pertenecen al movimiento romántico, que se da casi en la misma época creo, vistos estos cuadros en la actualidad tienen un aire romántico, y de nostalgia.

El cuadro representa la escena que le describe Gertrudis, madre de Hamlet, al hermano de Ofelia, Laertes:
“Allí, cuando trepaba para colgar en el árbol su corona silvestre, rompióse una rama pérfida, y cayó ella, y sus trofeos floridos en aquel arroyo de lágrimas. Extendidos sus ropajes en el agua, salía a flote cual sirena, y cantaba estrofas de antiguas canciones, inconsciente del peligro, o como hija del agua, acostumbrada a vivir en el propio elemento. No pasó mucho tiempo, sin embargo, sin que el peso de sus vestidos, empapados de agua, arrebatara de sus cánticos a la infeliz, arrastrándola al cieno de la muerte.” (la negrita es justo el cuadro)

Ésta es la pobre Ofelia, convertida en un ser sin salida, en un entorno lleno de secretos, intrigas, tramas, venganza, ambición, dudas y muerte, que la acaban volviendo loca. Despreciada o abandonada por los hombres que ama: Hamlet, el amante que la acusa de traidora y le rechaza aconsejándola que se meta a monja; y Polonio, su adorado padre, despreciable a los ojos del lector, que acaba muerto a manos del primero. Con todo esto y con su único hermano ausente, la inocente (aparentemente) Ofelia se desquicia, y huye de la trágica realidad embelesándose con las flores y con viejas canciones. En ese mundo de escapismo, encuentra la muerte, o quizás la buscaba. Una vez muerta, en su entierro, aparece Hamlet, quien tan oportuno como de costumbre dice lo siguiente: “Yo amaba a Ofelia. ¡Y ni el amor de cuarenta mil hermanos, por mucho que fuera, podría sobrepasar el mío!”. “A buenas horas”, hubiera dicho ella desde el Más Allá.

Un verano hace siglos pinté en un ladrillo la escena, una copia mediocre de esa obra de arte. E incluso he tratado de reproducir de forma fotográfica esa escena en la piscina (otro fracaso, y además cómico). En fin, que el cuadro es una maravilla, aunque para gustos….